Llegue a la academia de danza. Mientras me ponía las medias y las zapatillas de ballet, empecé a sentirme un poco nerviosa, aunque hasta ese momento había estado tranquila. Entre en la clase, y miré alrededor tímidamente. La clase tenía las paredes de un color morado intenso, y estaba cubierta de espejos y barras de ballet. El suelo era de madera, suave y liso. La luz de la tarde se filtraba por los cristales de los grandes ventanales. Me resultó un lugar muy acogedor, donde uno podía aprender con facilidad.
Me senté junto a la profesora, y ella me preguntó mi nombre. Miro unos papeles que tenia junto a ella, y asintió con la cabeza. Y empezó la clase. Mientras hacíamos los estiramientos, me fui tranquilizando, aunque tenía un nudo en la garganta. Pero al poco tiempo, se me quitaron los nervios, y empecé a disfrutar de la música y el baile. La profesora hacía sentirme bien y llena de ánimos.
Al terminar la clase, y al salir del aula, sentí una gran satisfacción. Vi a mi madre allí sentada en un banco, sonriéndome, y estoy segura de que me puse roja. El ballet es un bello arte.
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